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El 28 de febrero último Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva que dio paso a una campaña militar conjunta contra la República Islámica de Irán. Los enfrentamientos se extendieron por cuarenta días hasta que las partes arribaron a un alto al fuego. Si bien la superioridad militar de Washington y Tel Aviv resulta innegable, Teherán logró elevar los costos de la contienda recurriendo al cierre del Estrecho de Ormuz, una decisión efectiva en términos de estrategia militar que, no obstante, ha traído aparejadas graves consecuencias no sólo económico-comerciales y financieras sino también humanitarias, que han sembrado preocupación en la comunidad internacional.
El cierre de Ormuz ha detenido el envío de aproximadamente 15 millones de barriles diarios de crudo. Conforme con la Agencia Internacional de la Energía (AIE), los enfrentamientos han generado la mayor disrupción en el suministro global de petróleo en la historia moderna (AIE, 2026). Como correlato, el precio del BRENT se ha duplicado con relación a los valores de venta durante los meses previos al inicio de la guerra, ello sin mencionar el incremento del precio del gas, en Europa en torno a un 50%, así como también de los combustibles, en Estados Unidos próximo al 50% (Energía & Negocios, 2026). En consecuencia, países como este último, Corea del Sur o Japón se han visto obligados a liberar barriles de sus reservas estratégicas. Mientras, India y Sri Lanka han optado por reducir la semana laboral de la administración pública pasando de 5 a 4 días hábiles. En tanto, Pakistán ha propuesto el home office, así como también el cierre de escuelas. Medidas que en algunos casos se corresponden con aquellas propuestas por la AIE, con vistas a reducir el consumo de energía.
Ahora, por el Estrecho de Ormuz no solo fluyen hidrocarburos sino también un tercio de las exportaciones globales de fertilizantes, sector clave para el desarrollo agrícola a nivel internacional. En este sentido, las disrupciones a las cadenas globales de valor asociadas a la producción de alimentos, en las cuales el Golfo Pérsico constituye un nexo importante, van camino a desembocar en efectos inflacionarios cuyas consecuencias a mediano y largo plazo serían sentidas con mayor vehemencia en los países del Sur Global. Con el bloqueo al paso de los buques mercantes, la situación en Oriente Medio amenaza con precipitar una crisis en el sector agrícola que podría aumentar en 45 millones el número de personas en situación de inseguridad alimentaria.
En este marco, el trabajo apunta a analizar el impacto del cierre del estrecho de Ormuz sobre la cadena de valor de los fertilizantes y sus consiguientes implicancias en términos de seguridad alimentaria a nivel global.
El Estrecho de Ormuz, que separa la Península Arábiga de la República Islámica de Irán, se constituye en una vía marítima de relevancia estratégica que enlaza el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y, a través de éste, el océano Índico. Ello en tanto su posición geográfica lo convierte en paso obligado para las exportaciones de hidrocarburos de Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Omán -países que detentan en conjunto el 32,7 % de las reservas probadas de petróleo del mundo y el 21,2 % de las reservas globales de gas natural (Qatar News Agency, 2026)– así como también de Irán e Irak, concentrando la salida marítima de toda la cuenca del Golfo.
Este paso marítimo, que mide unos 33 kilómetros en su punto más estrecho, se erige entonces en cuello de botella del comercio energético global. Conforme a datos de la AIE, en 2025 transitaron por el Estrecho de Ormuz aproximadamente 20 millones de barriles diarios (mb/d) de crudo y productos derivados del petróleo. Lo que significa que alrededor del 25% del comercio mundial de petróleo por vía marítima transita por el estrecho, un 80% del cual tiene por destino Asia, particularmente la República Popular China, India y Japón.
Asimismo, en torno al 20% del GNL exportado a nivel global discurre por el Estrecho de Ormuz. En este sentido, la totalidad de las exportaciones de Qatar, segundo exportador mundial de GNL, y de Emiratos, transita por la citada vía marítima. Pensando una vez más en los mercados asiáticos, India, Pakistán y Bangladesh, importaron casi dos tercios de su suministro total de GNL a través del Estrecho de Ormuz durante 2025, lo que hace a estos países altamente vulnerables a posibles interrupciones en los flujos de tránsito. Particularmente atendiendo a que el gas natural domina el sector eléctrico de Bangladesh y Pakistán, con la generación a partir de gas representando, respectivamente, el 50% y el 25% de sus matrices de suministro eléctrico en 2024. Finalmente, y teniendo en consideración el objetivo último que persigue esta comunicación, aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes suele atravesar el Estrecho (IEA, s/f).
Los fertilizantes inorgánicos cumplen un rol crítico en la geopolítica actual. Ofrecen nutrientes adicionales para aumentar la cantidad y calidad de los cultivos cosechados y mantener los niveles intensivos de explotación del suelo. Desde el comienzo de la guerra entre Rusia y Ucrania en 2022, se han posicionado cada vez más como recursos estratégicos ubicados en la intersección de tensiones geopolíticas en ascenso.
El Golfo Pérsico es una geografía clave en las cadenas globales de valor de los fertilizantes. Según la UNCTAD (2026), los países de la región son responsables del 13% de las exportaciones de fertilizantes nitrogenados y del 9% de los fosfatados. En 2024, sólo Irán, Catar, Arabia Saudita y Bahréin representaron el 23% del comercio global de amoníaco, el 18% del fosfato amoníaco y el 34% de la urea –el más demandado–, entre otros fertilizantes también producidos en la región (IFA, 2026). Además de constituir uno de los principales núcleos productivos, la región cumple un papel muy relevante en la provisión de insumos medios, especialmente en lo que concierne a la energía.
La geografía de la zona ha determinado la especialización de los países del Golfo en la producción de fertilizantes nitrogenados, ya que la sintetización del amoníaco –que sirve tanto como fertilizante per se, como a modo de insumo para la producción de urea– depende de la disponibilidad de gas natural como fuente de energía e hidrógeno. El nitrógeno es el elemento más importante para la producción agropecuaria ya que acelera el desarrollo de los cultivos. Las plantas son incapaces de obtenerlo directamente del aire o el agua, así que su provisión es tarea de compuestos como la urea, del cual Irán, Catar y Arabia Saudita son los principales exportadores.
Los fertilizantes fosfatados, por su lado, son el compuesto inorgánico que reemplaza en las producciones agrícolas a gran escala a la harina de huesos o la composta. Su geografía es distinta a la de los nitrogenados. Más de dos tercios de las reservas globales (de fosforita se encuentran en Marruecos, convirtiendo al país en uno de los mayores productores y exportadores a nivel global. A pesar de esta concentración, el Golfo se ha instalado como un importante proveedor de fosfato diamónico (DAP) y fosfato monoamónico (MAP), con Arabia Saudita y su empresa nacional Ma’aden a la cabeza.
Como consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz, importantes stocks de fertilizantes –aproximadamente el 43% de las exportaciones por vía marítima de urea, el 44% de las de azufre, 25% de las de amoníaco e importantes cantidades de fertilizantes fosfatados (Arita et al, 2026)– han quedado atrapados en el Golfo, a bordo de navíos mercantes o dentro de las fábricas. El almacenaje de estos productos es complicado ya que ocupan mucho espacio, sufren con la humedad y algunos incluso pueden explotar. Además, las plantas tienden a operar a capacidad completa por lo que el espacio es ya de por sí reducido. Algunas fábricas del Golfo no tuvieron más opción que cerrar temporalmente.
El shock que ha supuesto la guerra en Irán ha estremecido al sector agropecuario a escala global. Según las proyecciones del Banco Mundial (2026), los precios de los commodities subirán un 16% este año impulsados por un aumento del 24% y 31% en los precios globales de los mercados energético y de fertilizantes, respectivamente. Los aumentos y la escasez de fertilizantes llegan justo antes de la época de siembra en el hemisferio norte, cuando los complejos agropecuarios suelen abastecerse. La concentración geográfica de la producción de fertilizantes expone la vulnerabilidad sistémica de las cadenas globales de valor asociadas a estos productos.
La inexorable vinculación entre el flujo energético global y la producción de fertilizantes nitrogenados provoca que las disrupciones del primero afecten directamente al segundo. Las exportaciones de GNL del Golfo son críticas para la elaboración de fertilizantes en países con bajas reservas. Sin el gas catarí, firmas de India, Pakistán y Bangladesh han tenido que frenar sus operaciones por tiempo indeterminado e, incluso, cerrar definitivamente (Corthell Y Gordon, 2026). La volatilidad en el sector hidrocarburífero ha limitado la producción global de amoníaco y urea, reduciendo aún más la oferta en un momento donde el principal productor regional no puede extraer su producción del Golfo Pérsico. Como consecuencia, entre febrero y abril, la urea ha incrementado su valor en más del 81%, mientras que el superfosfato triple y el fosfato diamónico han aumentado respectivamente casi 23% y 16%.
El GNL constituye uno de los insumos medios clave provistos por la región, pero no es el único. El Golfo produce alrededor de un 44% del azufre comerciado globalmente. Es un subproducto obtenido en la industria hidrocarburífera necesario para transformar el fosfato en un líquido absorbible por los cultivos. Un cierre prolongado del estrecho amenazaría directamente la producción de fertilizantes fosfatados en Marruecos y China –primer y segundo exportador a nivel global, respectivamente– e Indonesia, quienes dependen completamente de las exportaciones de este compuesto irremplazable provenientes del Golfo, demostrando cómo los efectos de la crisis se extienden más allá de los límites geográficos de la guerra (Arita et al, 2026).
Los cultivos más demandantes de fertilización son el maíz, el trigo o el arroz, mientras que otros como la soja o las legumbres tienen mayor facilidad para absorber nitrógeno del aire. Para no perder una temporada, algunos productores podrían desplazar su producción hacia los segundos. Pero los pequeños productores del Sudeste asiático, por ejemplo, no tienen muchas opciones. Pocos alimentos son tan capaces de soportar las intensas lluvias de los monzones y están tan integrados a la dieta asiática como el arroz. Optar por otro cultivo simplemente no tiene sentido.
Lo que está claro es que la guerra provocará efectos a largo plazo sobre la seguridad alimentaria global, ya sea a través del desplazamiento de la siembra hacia cultivos menos demandantes de nutrientes, la escasez de alimentos como el trigo o el maíz en el mediano y largo plazo o la merma de las cosechas por la baja en el uso de fertilizantes.
Con el estrecho de Ormuz cerrado, muchos países que dependen de las importaciones de fertilizantes se han visto desprovistos de un recurso crítico para sus economías e intereses securitarios nacionales. Las consecuencias del conflicto en Medio Oriente podrían elevar la inseguridad alimentaria hasta niveles no vistos desde el comienzo de la guerra entre Rusia y Ucrania en 2022. Según el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA), casi 45 millones de personas podrían afrontar una emergencia alimentaria como producto de la guerra con Irán.
Aún luego de que el estrecho se reabra, el retorno de la producción de fertilizantes a los niveles previos a la crisis tardará años. La Ciudad Industrial de Ras Laffan, importante productora de GNL, fertilizantes nitrogenados y azufre, no podrá recomenzar sus actividades hasta agosto, con un quinto de su capacidad siendo irrecuperable en el horizonte próximo (Gnana, 2026). Aún tras la apertura de Ormuz, la normalización del funcionamiento de las cadenas globales de valor de los fertilizantes podría tomar varios meses, como mínimo.
La industria de los fertilizantes nitrogenados en países como China probablemente aumente su dependencia del carbón como combustible, una tendencia que aceleraría el cambio climático por su mayor huella de carbono con respecto al gas natural. Tomando también en consideración la polución y el deterioro a los ecosistemas terrestres y acuáticos generados por los fertilizantes inorgánicos, el efecto sobre la resiliencia a largo plazo del medio ambiente y de los suelos sería un factor importante a considerar en términos de seguridad alimentaria.
El Golfo, a pesar de no contar con países productores de alimentos, se ha constituído como una región nodal en la arquitectura de la seguridad alimentaria global, sobre todo en un momento donde se ha intensificado la percepción por parte de los Estados de los fertilizantes como commodities estratégicos. Para comprender el impacto real de la guerra sobre la producción de alimentos, es necesario considerar la relevancia de los hidrocarburos y los fertilizantes desde una perspectiva holística que comprenda desde la siembra de los cultivos hasta que la comida está sobre la mesa.
El incremento del riesgo geopolítico no va a evaporarse con la normalización del tráfico comercial en la región. Con la certeza de que Irán es efectivamente capaz de cerrar el paso de buques a través del estrecho, las consideraciones de las navieras y aseguradoras han sido alteradas. Los costos de los fletes internacionales y los seguros probablemente se mantendrán elevados por un tiempo. Muchas compañías aseguradoras directamente han rechazado cubrir mercadería a bordo de navíos que se acerquen a la zona. La continuación de la percepción de riesgo elevada también hará mucho más difícil para los importadores conseguir el financiamiento necesario para costear sus compras provenientes del Golfo.
La energía no es sólamente necesaria para la producción de los fertilizantes y los fletes internacionales y nacionales que transportan los cargamentos. La maquinaria agrícola también utiliza combustible, repercutiendo en mayores costos de producción. Asimismo, la industria petroquímica, derivada del petróleo, es una de las más importantes en materia económica para los países del Golfo y una de las proveedoras de los insumos necesarios para manufacturar los embalajes utilizados en alimentos y bebidas. Sólo en Estados Unidos, la escasez de estos plásticos ha generado una elevación en los precios promedio de todos los productos de en torno al 2,9% interanual (Aluckal, Naidu y Kiyada, 2023).
A diferencia del conflicto en suelo europeo, en el Golfo no hay importantes exportadores de alimentos. En 2022, los precios de los granos se dispararon a la par que los fertilizantes por las disrupciones en las cadenas globales de valor relacionadas al COVID-19 y la reducción de las exportaciones de trigo de Ucrania y de fertilizantes de Rusia y Bielorrusia.
El bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz no provocará un aumento similar que palie los ingentes costos de los fertilizantes. El Banco Mundial pronostica una baja en el promedio de precios de los alimentos para 2026, con el empinado descenso del sector bebidas opacando el modesto aumento del 2% de los bienes agropecuarios (World Bank Group, 2026). La escasez prolongada de fertilizantes redundaría en un descenso en su uso y, consiguientemente, una reducción de la disponibilidad y el acceso a alimentos a nivel global. El nitrógeno es fundamental para los cultivos y es necesario previo a todas las siembras. Saltarse una temporada de fertilización con este compuesto no es factible y podría generar una escasez de alimentos que se sentiría recién en 2027.
Especialmente en peligro están los millones de personas cuyo sustento principal es la agricultura, quienes posiblemente tengan que desplazar su producción a cultivos menos demandantes de nutrientes, aún si no cumplen con sus necesidades dietarias. Las disrupciones no serán inmediatas, pero sí estructurales, incrementando las posibilidades de una inflación sostenida que afecte a bebidas y alimentos.
Las medidas de blindaje ante la escasez de fertilizantes son una opción sólo disponible para países con grandes márgenes de maniobra y autosustentabilidad como Estados Unidos o China. Sólo el 12% de la urea consumida por el complejo agropecuario estadounidense pasa por el estrecho de Ormuz, además de que ésta podría ser reemplazada por productos nitrogenados producidos localmente (Arita et al, 2026). Por otro lado, en el caso de los fertilizantes fosfatados, Estados Unidos ha profundizado su dependencia de Arabia Saudita debido a los altos derechos de importación impuestos sobre Marruecos y Rusia y las restricciones a las importaciones provenientes desde China (Arita et al, 2026). La administración Trump, para sortear las disrupciones, suspendió por 60 días la Jones Act para el transporte de fertilizantes, ofreció apoyo para cargueros y levantó sanciones que regían sobre productores bielorrusos de potasa (Hebebrand et al, 2026). Mientras tanto, China, principal productor y consumidor de fertilizantes, ha tomado la decisión de imponer una restricción que limita las exportaciones de aproximadamente el 80% de los compuestos producidos en el país.
Los Estados más pequeños y/o de regiones subdesarrollados se encuentran mucho más expuestos. El Sudeste asiático, África y Latinoamérica constituyen las regiones que más sufrirán las consecuencias directas del cierre prolongado del estrecho de Ormuz y de las políticas proteccionistas de países como China.
Las proyecciones del PMA estiman un incremento del 24% en la inseguridad alimentaria en Asia con respecto a la situación previa a la guerra en Medio Oriente. La agricultura es la fuente de sustento más importante para muchos habitantes de la región. La vulnerabilidad señalada por el PMA se corresponde parcialmente con la gran dependencia externa de India, ya que aproximadamente el 54% de sus importaciones de fertilizantes provienen del Golfo (Arita et al, 2026).
La república hindú es la segunda máxima consumidora de fertilizantes a nivel global, fundamentalmente de urea, potasa y fosfato diamónico. El grueso de los fertilizantes consumidos se producen de manera local, pero su aparato industrial es totalmente dependiente del gas importado desde el Golfo. Ante la incertidumbre y la volatilidad, el gobierno tomó la decisión de elevar los subsidios para fertilizantes en un 11,6% para proteger su sector agropecuario (Reuters, 2026).
El África subsahariana se ubica segunda en niveles de incremento de la inseguridad alimentaria, según el PMA. La región se caracteriza por una fuerte dependencia externa, ya que importa más del 90% de sus fertilizantes, exponiéndose ante cualquier tipo de shock de oferta. Para países donde entre el 40 y el 60% de los salarios es destinado a alimentos, los reportes de importantes incrementos de precio en commodities esenciales provenientes de Sudán y Somalia (Buheji, 2026) representan un grave peligro que puede contribuir a la inestabilidad económica y política que ya enfrentan ambos territorios.
Medidas proteccionistas como las impuestas por China amenazan los flujos de comercio global en medio de una crisis, perjudicando a los importadores de fertilizantes chinos, como India, Vietnam, Australia o Brasil, principal destino de estos productos, importando un quinto del fertilizante que utiliza desde China (Rao, 2026). El sector agropecuario brasileño es el máximo importador de fertilizantes del mundo y, junto al australiano, uno de los más dependientes de las importaciones de urea producida en el Golfo, tornándolo especialmente vulnerable ante los efectos del cierre del estrecho de Ormuz. El complejo sojero brasileño es vital para la alimentación del ganado porcino y vacuno a nivel internacional, especialmente para China. Si bien la soja no usa fertilizantes de manera tan intensiva como otros cultivos, siguen siendo necesarios para mantener los niveles de producción.
Con las recientes restricciones impuestas desde Beijing, las cosechas podrían disminuir aún más, afectando la producción agropecuaria brasileña y extendiendo el impacto geográfico de la crisis, con una proyección de un aumento del 16% de la inseguridad alimentaria para Latinoamérica y el Caribe en 2026. Mayores costos de producción en uno de los principales exportadores de alimentos se harían sentir regional y globalmente mediante la transmisión de la inflación y la reducción de la disponibilidad de comida adecuada a las preferencias y necesidades dietarias de las diversas poblaciones. En definitiva, los efectos nocivos del cierre del estrecho de Ormuz se retroalimentan, impactando directa e indirectamente en la seguridad alimentaria de los dos lados del Pacífico.
Los países del Golfo no están excluidos de dichas consecuencias. Todos importan la mayor parte de los alimentos que se consumen, atando la seguridad alimentaria de la región a la evolución de los precios internacionales. El PMA proyecta un aumento de en torno al 14% en la cantidad de personas expuestas a la inseguridad alimentaria. Al menos en el corto plazo, los Estados parte del Consejo de Cooperación del Golfo cuentan con reservas estratégicas de alimentos que deberían permitirles soportar entre 4 y 6 meses si el conflicto evitase el ingreso de alimentos por tiempo prolongado, además de contar con rutas alternativas, si bien con costos logísticos más altos (Buheji, 2026). No obstante, las reservas son finitas y la inestabilidad continúa, amenazando la arquitectura de la seguridad alimentaria global.
El Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha propuesto la conformación de un canal de paso con fines humanitarios para asegurar la navegación de cargueros que transporten fertilizantes y bienes agropecuarios a través del Estrecho y paliar las consecuencias de la guerra sobre la disponibilidad y el acceso a alimentos. No obstante, la iniciativa no ha obtenido el apoyo de los países del Golfo debido a su alcance limitado, ya que no elimina las amenazas a la navegación marítima y se concentra en un tipo específico de productos (Banjo et al, 2026).
Para los productores agropecuarios, el bloqueo sostenido al tráfico de fertilizantes provenientes del Golfo plantea efectos que no son sorteables inmediatamente. Si bien existen soluciones para paliar los efectos de la escasez de fertilizantes, exigen tiempo y dinero. Una racionalización del uso de fertilizantes puede ser alcanzada mediante la introducción de nuevas tecnologías, como los ya populares drones agropecuarios, reduciendo el uso intensivo y aumentando la resiliencia tanto de los productores como de los suelos. Aún así, estas son soluciones a largo plazo, posibles a gran escala sólo en países con un poder adquisitivo considerable para permitírselas.
La expansión de los fertilizantes “sustentables”, como el amoníaco verde, ha sido limitada como resultado de presiones gubernamentales para la decarbonización. Más allá de que la reducción de la oferta de fertilizantes inorgánicos pueda funcionar como impulso para su crecimiento, no son proyectos viables en el corto plazo ni que puedan ser afrontados por todos los países. En virtud de lo hasta aquí expuesto, el impacto del cierre del Estrecho de Ormuz sobre la cadena de valor de los fertilizantes sigue siendo ampliamente preocupante.
*Ornela Fabani es Doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Investigadora Asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Miembro del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), del Centro de Investigaciones en Política y Economía Internacional (CIPEI) y del Centro de Estudios en Relaciones Internacionales de Rosario (CERIR). Coordinadora del Departamento de Medio Oriente del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI) de La Plata. Sus líneas de investigación giran en torno a la política exterior argentina hacia Medio Oriente, política interna y externa de las monarquías del Golfo.
**Lenny Favre es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente, se desempeña como investigador en el Departamento de Medio Oriente del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata. Se especializa en la geopolítica de Medio Oriente; el vínculo entre las relaciones internacionales, el deporte y la cultura; la diplomacia pública en países árabes; y los procesos sociales, económicos y securitarios en el Golfo Pérsico.