Descargar la publicación
El comercio internacional no puede comprenderse exclusivamente como un fenómeno de eficiencia económica o especialización productiva. A lo largo de la historia, los grandes ciclos de expansión comercial han estado asociados a innovaciones tecnológicas que alteraron las bases materiales de la producción, la logística y la organización estatal. Estas transformaciones generan ventajas competitivas que, acumuladas, derivaron en dominancia económica y, posteriormente, en hegemonía política. Como sostiene Paul Kennedy (1987), la relación entre capacidad productiva y poder militar constituye el núcleo del ascenso y declinación de las grandes potencias. Las estructuras tecnológicas determinan la base fiscal y organizacional que permite sostener ambiciones en el siglo XXI, la inteligencia artificial y el conjunto de tecnologías convergentes —big data, compustratégicas. Cuando esa base se erosiona, el orden internacional se vuelve inestable. tación en la nube, semiconductores avanzados, biotecnología, automatización— configuran una transformación estructural equiparable a las grandes revoluciones tecnológicas del pasado (Bresnahan & Trajtenberg, 1995; Brynjolfsson & McAfee, 2014). Esta transformación no sólo redefine el comercio internacional, sino que reconfigura la competencia entre Estados y corporaciones. El presente trabajo se organiza en tres secciones. La primera examina la secuencia histórica dominancia tecnológica–económica–política. La segunda analiza la configuración contemporánea del capitalismo de datos y su doble dinámica geopolítica y geoeconómica. La tercera propone un marco estratégico para la Argentina en un contexto de rivalidad sistémica creciente.
El ascenso de Atenas en el siglo V a.C. estuvo estrechamente vinculado a su capacidad naval. La trirreme, como innovación tecnológica, permitió no solo superioridad militar, sino también expansión comercial en el Mediterráneo (Morris & Raaflaub, 1998). La dominancia marítima facilitó la integración de redes comerciales y la acumulación de recursos.
Como sugiere Modelski y Thompson (1996), el liderazgo sistémico temprano suele emerger de la superioridad en tecnologías vinculadas al transporte y la guerra naval. El comercio precede al imperio. La capacidad de proyectar fuerza es consecuencia de la acumulación previa de riqueza generada por redes comerciales eficientes.
El Imperio Romano consolidó su poder a través de innovaciones infraestructurales y organizacionales. Las redes de caminos, la estandarización administrativa y la ingeniería militar permitieron integrar vastos territorios bajo un sistema económico relativamente cohesivo. Mann (1986) distingue entre poder despótico y poder infraestructural. Roma destacó en este último: la capacidad de penetrar la sociedad y organizar recursos. La infraestructura funcionó como tecnología política. Antes de la dominación imperial global, Roma fue un centro comercial y logístico central en el Mediterráneo.
El caso británico ofrece evidencia contundente de la secuencia tecnología– economía–política. La mecanización textil, la máquina de vapor y la producción industrial masiva otorgaron a Gran Bretaña una ventaja competitiva decisiva (Allen, 2009). La expansión comercial permitió financiar una marina dominante y sostener un orden internacional liberal favorable a sus intereses (Kennedy, 1987). La hegemonía británica se basó en lo que Gilpin (1981) denomina “cambio sistémico inducido por tecnología”: innovaciones que alteran costos relativos y redistribuyen poder. El patrón histórico es consistente: quien domina la tecnología productiva clave domina el comercio; quien domina el comercio estructura el orden político.
La inteligencia artificial constituye una tecnología de propósito general (GPT), con efectos transversales sobre múltiples sectores (Bresnahan & Trajtenberg, 1995). Según McKinsey Global Institute (Manyika et al., 2017; McKinsey, 2023), la convergencia de IA, automatización, big data y biotecnología transformará productividad, cadenas globales de valor y estructuras laborales. Este fenómeno inaugura un capitalismo de datos (Zuboff, 2019), donde la generación y procesamiento de información se convierten en el núcleo del valor económico. Los retornos crecientes y los efectos de red generan dinámicas de concentración (Varian, 2018).
La competencia entre Estados Unidos y China refleja una transición estructural. Mearsheimer (2014) sostiene que las grandes potencias buscan maximizar poder relativo bajo condiciones de anarquía. La IA se ha convertido en un recurso estratégico equivalente al acero o al petróleo en ciclos previos. Los Estados buscan soberanía tecnológica en semiconductores, algoritmos y plataformas digitales. Los controles de exportación y las restricciones a inversiones reflejan esta lógica de seguridad (Farrell & Newman, 2019). La interdependencia se convierte en arma.
Paralelamente, corporaciones tecnológicas compiten por posiciones dominantes. Las plataformas digitales operan como infraestructuras privadas con poder cuasi soberano (Srnicek, 2017). Empresas como Nvidia, Google o Tencent buscan consolidar ventajas en el nuevo capitalismo digital. Esta dinámica genera tensiones entre regulación estatal y expansión corporativa. Los Estados buscan apropiarse o controlar tecnologías estratégicas; las empresas buscan escala global.
La historia demuestra que países periféricos no determinan la estructura del sistema, pero pueden definir estrategias de inserción (Prebisch, 1950). En contextos de competencia tecnológica, la pregunta no es dominar, sino posicionarse inteligentemente. Argentina no enfrenta la opción de dominar o no dominar la tecnología de punta. El interrogante estratégico es cómo insertarse inteligentemente en un entorno de competencia sistémica. Específicamente, los interrogantes estratégicos principales son:
En contextos de rivalidad sistémica, la neutralidad absoluta es una ficción conceptual. El sistema internacional contemporáneo no está estructurado como un mundo multipolar estable, sino como una competencia asimétrica entre polos tecnológicos, financieros y militares con capacidad de ejercer coerción indirecta. En ese escenario, los Estados intermedios enfrentan un dilema estructural: alinearse para maximizar beneficios inmediatos o gestionar ambigüedad para preservar márgenes de autonomía.
Los Estados buscan sobrevivir maximizando la seguridad bajo condiciones de incertidumbre (Waltz, 1979). Stephen Walt (1987) introdujo la noción de balancing y bandwagoning: alinearse con el poder dominante puede reducir amenazas inmediatas, pero también genera dependencia estratégica. En el contexto actual, el alineamiento con una potencia tecnológica —sea Estados Unidos o China— puede facilitar acceso a financiamiento, mercados y transferencia tecnológica. Sin embargo, ese mismo alineamiento incrementa vulnerabilidad ante sanciones secundarias, restricciones regulatorias o reconfiguraciones del sistema financiero internacional.
La autonomía absoluta es ilusoria porque la interdependencia económica y tecnológica es estructural. Pero la dependencia total es riesgosa porque reduce la capacidad de maniobra en escenarios de escalada. La gestión óptima no consiste en “no tomar partido”, sino en diversificar dependencias y modular compromisos. Es lo que algunos autores denominan hedging estratégico: comprometerse parcialmente con múltiples polos, sin cerrar completamente ninguna puerta. En términos prácticos, esto implica no concentrar financiamiento soberano en una única fuente, no depender exclusivamente de una arquitectura tecnológica (infraestructura digital, 5G, nube, satélites) y diseñar marcos regulatorios que no excluyan ex ante a actores de un solo bloque.
Para un país como Argentina, el desafío no es “ser neutral”, sino evitar quedar atrapado en una lógica binaria. El alineamiento puede facilitar acceso a mercados occidentales y financiamiento multilateral, pero podría limitar vínculos con China en infraestructura y comercio. La clave es diseñar una arquitectura de relaciones que reduzca la exposición a sanciones indirectas y preserve la opcionalidad estratégica. La ambigüedad gestionada no es indecisión; es una política activa de reducción de vulnerabilidad. Implica entender que cada decisión económica puede ser interpretada como señal geopolítica. En un entorno de competencia sistémica, incluso decisiones aparentemente técnicas —por ejemplo, elegir proveedores de infraestructura digital o socios en minería de litio— adquieren significado estratégico. La ambigüedad mal gestionada puede generar desconfianza en todos los polos. La diplomacia económica debe ser técnica, consistente y previsible.
2. Gestionar costos y beneficios
El objetivo estratégico en el actual ciclo tecnológico debe ser doble. Por un lado, capturar valor agregado en sectores vinculados a transición energética y digitalización. Por el otro, reducir las vulnerabilidades políticas derivadas de la rivalidad entre potencias. La autonomía no es un estado sino una construcción gradual. No se declara; se construye acumulando capacidades, credibilidad y opciones. Es relativa, contextual y dependiente de capacidades internas (Keohane & Nye, 1977). En un mundo de interdependencia compleja, la vulnerabilidad se mide por la sensibilidad y la dependencia ante decisiones externas.
Las decisiones regulatorias domésticas pueden ser interpretadas como alineamientos. Un marco normativo sobre datos, inversión extranjera o infraestructura crítica puede ser leído como preferencia geopolítica. Por ello, la política pública debe incorporar análisis de percepción externa. Maximizar beneficios implica: diseñar incentivos para que inversiones extranjeras generen encadenamientos locales, aprovechar competencia entre potencias para negociar mejores condiciones y fortalecer infraestructura logística y energética para reducir costos internos. Por otro lado, minimizar costos implica: evitar sanciones secundarias mediante diversificación, no comprometerse en acuerdos que limiten flexibilidad futura e intentar mantener coherencia entre discurso diplomático y decisiones económicas.
La competencia entre potencias implica riesgo de represalias económicas. Diversificar socios, fortalecer capacidades internas y desarrollar política industrial inteligente resultan estrategias fundamentales. La gestión estratégica del riesgo en un contexto de rivalidad sistémica exige, en primer lugar, diversificar socios comerciales y financieros para reducir la concentración de exportaciones estratégicas y evitar la dependencia de una única fuente de financiamiento, ya que la exposición excesiva amplifica la vulnerabilidad ante sanciones, cambios regulatorios o shocks políticos externos. En segundo lugar, requiere fortalecer capacidades internas —infraestructura crítica, capacidades tecnológicas propias y resiliencia macroeconómica— porque la dependencia se vuelve estructuralmente más costosa cuando se combina con fragilidad doméstica. En tercer lugar, demanda una política industrial inteligente que no derive en proteccionismo indiscriminado, sino que identifique sectores estratégicos capaces de generar ventajas dinámicas, articulando coordinación público-privada, estabilidad regulatoria y visión de largo plazo para escalar en las cadenas de valor. Finalmente, supone incorporar anticipación estratégica en la planificación estatal, mediante análisis prospectivos que contemplen escenarios de escalada tecnológica, desacople financiero o ampliación de conflictos comerciales. La diversificación no elimina el riesgo, pero lo distribuye y lo hace manejable; en un mundo fragmentado, la exposición excesiva a un solo bloque no es una apuesta pragmática sino una vulnerabilidad estructural que incrementa la probabilidad de shock sistémico.
La dominancia tecnológica ha precedido históricamente a la económica y política. Grecia, Roma y el Imperio Británico consolidaron poder tras obtener ventajas productivas tempranas. En el siglo XXI, la inteligencia artificial cumple ese rol.
La competencia actual presenta una doble dinámica: geopolítica, entre Estados; y geoeconómica, entre corporaciones. La interdependencia se transforma en instrumento de poder.
Para la Argentina, el desafío no es dominar la tecnología emergente, sino maximizar beneficios y minimizar costos en un contexto de rivalidad estructural. La historia sugiere que comprender tempranamente la relación entre innovación, comercio y poder aumenta las probabilidades de inserción exitosa.